Defendamos Nuestra Autonomía

Alejandro Cardona
Compositor

Hace unos meses salió en el diario La Nación un artículo que nos dice que, según un estudio, las universidades privadas actualmente gradúan más profesionales que las públicas. Aunque no se dice abiertamente, es probable que se quiera, una vez más, poner en tela de juicio la eficiencia de la educación pública superior.

Esto no es nada nuevo, sobre todo para los que trabajamos en el área de las artes. Lo que realmente me preocupa es que las autoridades de las universidades públicas se pongan a la defensiva. Dicen que éstas ofrecen una formación de mayor calidad. Y eso explicaría por qué las carreras duran más y, asimismo, otros fenómenos que podrían incidir en las estadísticas que mostraba el susodicho artículo.

Pero hablar sólo de calidad versus cantidad es confundir las cosas.

En este país, las universidades privadas son, ante todo, negocios que se basan en una oferta docentista guiada por las “necesidades del mercado”. Si no funcionan como negocio, cierran… Así de simple. Que sus carreras sean de mayor o menor calidad está por comprobarse. Que la duración de una carrera incida en su calidad dependerá de qué carrera hablemos y del perfil de entrada y salida de los estudiantes, entre muchos otros factores.

Lo que sí es cierto es que la educación superior privada, con excepciones, invierte poco o nada en investigación, extensión o producción. Esto significa que sus carreras son, casi siempre, de carácter reproductivo y la vinculación de su personal académico (independientemente de su calidad individual) funciona con la lógica de una maquiladora. Que esto, junto con una organización del calendario académico en cuatrimestres o trimestres, dé buenos resultados en cuanto a la cantidad de graduados no lo dudo. Pero habría que preguntarse si ésta es la función de una universidad estatal en un contexto como el nuestro. ¿Por qué debemos tener este modelo educativo como paradigma o siquiera como referente?

Y hay otra cosa, tal vez la más significativa, que diferencia la educación superior pública de la privada: la autonomía. Ésta es fundamental si la universidad pretende ser un espacio que supere la dinámica meramente reproductiva y funcionalista a corto plazo, si busca crear conocimiento y vinculación social, si se propone producir a nivel intelectual y artístico. ¿Autonomía de qué? En primer lugar del mercado. Y en segundo, de las ingerencias políticas e ideológicas (que ahora, más que nunca, tienen como guía ese omnipotente y omnipresente mercado globalizado). En tercer lugar, de las modas académicas y de las prioridades de financiamiento impuestas por organismos nacionales e internacionales. La universidad pública está para contribuir a descubrir y crear nuevas necesidades sociales y culturales.

¿Cuántos filósofos, músicos, actores, pintores, filólogos, etc., necesita Costa Rica? ¿Cuántas investigaciones o actividades de extensión ocupa el país y en qué áreas? La universidad pública es un espacio académico subvencionado por el pueblo para que se pueda atender todo aquello que es necesario pero que no tenga por qué ser “rentable”. Eso no es la universidad privada. Por eso nunca podrá ser totalmente autónoma.

Así que ¿cuántos graduados debe tener una universidad pública para que se le considere eficiente? Es algo que cada una deberá determinar por sí misma. La actividad de la educación superior estatal no es una máquina para producir profesionales, es un espacio académico integral que debemos procurar defender en su esencia, al margen de los estrechos criterios cuantitativos que nos impone la sensibilidad dominante actual.