Busco mecenas

Alejandro Cardona

Compositor

Generalmente se considera que los artistas que trabajaban para los aristócratas o la Iglesia eran menos libres que nosotros, los que nos autoproclamamos “artistas independientes”. Es cierto, por ejemplo, que los músicos eran considerados sirvientes y que muchos compositores desarrollaron su actividad dentro de los marcos (a veces no tan estrechos como se suele pensar) de las necesidades planteadas por sus patronos, sacros o profanos. Hacia finales del siglo XVIII tenemos el surgimiento (al menos en lo ideológico) de ese artista, presuntamente independiente, que sólo responde a sus propios impulsos creativos, con total libertad. Es la visión romántica del artista. Uno de los casos más destacados es Mozart, que huyó de Salzburgo, donde hubiera podido seguir cómodamente trabajando para el arzobispo, en aras de poder desarrollarse como músico independiente en Viena.

Pero en el contexto actual de un mundo guiado ciega y suicidamente por un mercado globalizado, me pongo a pensar que tal vez no somos tan libres e independientes como nos gusta pensar y que los mecenas de antaño no eran tan terribles como se les pinta.

¿Es realmente libre e independiente un músico cuya producción es mediatizada (o, de plano, cocreada) por productores e intereses mercantiles que determinan hasta el look que debe tener cuando se presenta en público? ¿Qué tal los ejecutantes que buscan desesperadamente algún “gancho” para que se puedan destacar entre la muchedumbre de músicos técnicamente perfectos (aunque musicalmente aburridos)? ¿O bien los que debemos ejercer nuestra profesión en los tiempos residuales de aquella actividad que nos permite comer, o que buscamos convertirnos en seudomicroempresarios con “capacidad de gestión” para medio sobrevivir?

Cada vez más creo que el mecenazgo debe ser revalorado. Nomás me pongo a pensar en un personaje como Juan Sebastián Bach. No se trata de idealizar una situación que estaba lejos de ser ideal, pero, en general, él pudo desarrollar una actividad profesional como músico y compositor a tiempo completo. Se le pagaba por eso. Y no sólo componía sino que contaba con una infraestructura musical básica (probablemente por debajo de sus expectativas) para la realización de su música. Lo significativo es que su obra no refleja mecánicamente el ambito localista donde trabajó, sino que tuvo la posibilidad de componer a sus anchas, incluso a pesar de que algunos se quejaban de que su música era muy compleja. Comparativamente Bach parece tener más y mejores condiciones creativas que casi todos los músicos que conozco.

Me da (hasta cierto punto) envidia de la buena. Por lo menos en la música clásica es difícil encontrar un compositor que pueda vivir de componer, y menos en América Latina. Por otro lado, si pensamos precisamente en nuestra región, es claro que, en parte, los países con mayor desarrollo composicional han sido aquellos en donde ha habido una fuerte subvención estatal para la creación y la difusión de obras nuevas (México y Brasil, por ejemplo).

La universidad, para algunos de nosotros, es una suerte de mecenas. Sin embargo, todavía hay una falta de entendimiento sobre la importancia de que la universidad pueda subvencionar sin condicionamientos y entrabamientos burocráticos, la labor creativa de los integrantes del personal académico que a la vez son artistas profesionales.

En todo caso, creo que un mecenazgo, probablemente de nuevo tipo, es una necesidad para el desarrollo vital del las artes.

(Por todo lo anterior, recibo propuestas en mi correo electrónico.)