Creación, técnica y oficio

Alejandro Cardona

Compositor

 

A veces mis alumnos me preguntan: ¿qué debo hacer para poder componer música?… ¿Tengo que terminar mis cursos de armonía y contrapunto?… ¿Debo dominar la técnica antes de poder crear una obra propia?

Son preguntas difíciles de contestar. Cada quien tiene su propio proceso y, según mi experiencia, para crear no hay fórmulas preestablecidas. Sin embargo, en el contexto de la formación académica –tanto para compositores como para instrumentistas- generalmente se dice que primero hay que apropiarse de la técnica y luego esto te libera para poder crear o tocar a gusto.

Claro, plantear las cosas de esta manera resulta muy conveniente para nosotros, los profesores asalariados y las instituciones que nos pagan, porque nos convierten en artículos imprescindibles de consumo para los futuros creadores. Sin embargo, tengo mis dudas respecto a esa forma de establecer la relación entre técnica y creación. Es demasiado lineal y simplista.

La necesidad de crear es un impulso, no un subproducto del dominio técnico. Y el impulso es siempre primero, es lo verdaderamente imprescindible. Técnica sin impulso es como tener una máquina que no se sabe para qué sirve (o que no sirve para nada). Son los impulsos los que nos llevan a buscar, por los medios que sean, una “salida” para nuestra necesidad expresiva. De hecho, casi siempre empezamos a crear sin mucha técnica, emulando a quienes admiramos. Aprendemos inicialmente a partir de las “salidas” que encontraron otros.

Entonces, de entrada, yo diría que el único requisito para crear son las ganas de hacerlo. Pero esto no termina de resolver la relación entre creatividad y técnica.

En primer lugar, como todos sabemos, la técnica es un medio y no un fin. Pero, más allá de esta obviedad, no es algo que se puede simplemente aprender para luego aplicar mecánicamente en determinadas situaciones (como se hace con las tablas de multiplicación). No es un procedimiento. Es más, habría que hablar de técnicas (en plural), porque la técnica es una apropiación particular que responde a necesidades expresivas, también particulares. En este sentido, cada quien (individual o colectivamente) debe armar su propia técnica.

Pero además, la técnica es sólo un aspecto del quehacer creativo. Nos da, en el mejor de los casos, un conjunto de posibilidades. Pero no nos da el criterio para saber cómo utilizarlas. Se trata de una relación dialéctica en donde las necesidades expresivas producen exigencias técnicas y las posibilidades técnicas permiten el acceso a nuevos ámbitos expresivos. Por eso, los verdaderos maestros no se limitan a enseñar técnica. Deben intentar de captar el impulso creativo del alumno y ayudarlo a encontrar un camino personal para que pueda transformar su impulso en obra.

Las técnicas no nacen en el vacío. Se construyen en una relación dinámica entre tradición (aquello que nos antecede de manera significativa) y creador. Pero hasta la tradición es una construcción particular, y no un fardo abstracto que debemos cargar por decreto de los “entendidos”. Y las técnicas nos son neutrales. Condicionan el tipo de expresión que se puede desarrollar. Por eso, la responsabilidad final de cristalizar una técnica vinculada a un impulso creativo es exclusivamente del creador mismo.

Transformar impulso en obra es lo que yo llamo el oficio del artista. Incorpora aspecto técnicos y expresivos. Es algo que no se puede enseñar del todo. Cada artista construye su propia identidad y, en mucho, esto se debe a que tiene su propio oficio. Y éste no es una simple reproducción de un conocimiento heredado de sus maestros, sino algo que ha edificado a partir de su particular necesidad de crear.

Muchos profesores solemos olvidar esto con demasiada frecuencia… para desgracia de nuestros alumnos.