De evaluaciones y otras perversiones

Alejandro Cardona

Compositor

 

Cada vez que debo “poner las notas” de mis cursos, me siento ridículo. Aquellos numeritos que promediamos como “gran final” de los procesos artístico-académicos son, al menos para mí, motivo de angustia. Teóricamente se supone que da un parámetro comparativo (y más o menos objetivo) de rendimiento académico. Pero la realidad es otra, y más aún en las artes: poco tiene que ver el número con el interés real de los estudiantes por aprender, mucho menos con su talento o con su quehacer en general.

 

La educación como sistema – a todos los niveles, independientemente de las metodologías y los enfoques pedagógicos- se ha convertido en un proceso masificado que produce personas funcionales al sistema, basado en el menor común denominador. No se trata de “formarlas” o de ayudarlas a desarrollar una conciencia crítica o a encontrar un sentido para su existencia en este mundo. Lo que aparenta ser una democratización de la educación es, casi siempre, una masificación de la alienación.

 

La educación sólo tiene sentido si produce personas felices de hacer lo que hacen con sus vidas.

 

Por otro lado, nadie aprende al menos de que sienta una necesidad profundo de adquirir conocimientos o destrezas para llevar a cabo algo que quiera hacer. Entonces, y sólo entonces, encontraremos a una persona motivada para aprender, sea por medios escolarizados, informales o autodidactas. Nadie aprende porque se le dice (con la amenaza del castigo de por medio) lo que le va a servir en un futuro no muy claro para nadie. Y no hay que confundir el aprendizaje con un proceso coyuntural de memorización de palabras, procedimientos y acciones mecánicas que permite “pasar el curso”.

 

Finalmente, los profesores debemos entrar en el juego del “castigo” con la aplicación de un sistema evaluativo cuantitativo (y de paso inevitablemente subjetivo, al menos en las artes) para ver quién sigue y quién se queda, y con qué grado de aprobación. Si esto no es una injusticia, es en definitiva una perversión. El único parámetro para evaluar a una persona es directamente a través de lo que hace en su práctica, no a través de una lista abstracta de materias y números.

 

Así, propongo lo siguiente para nuestra Universidad, o al menos para las Escuelas de Artes:

 

– Que ninguna actividad curricular sea obligatoria. Así, los que no llegan es porque no sienten la necesidad de hacerlo. Llegarán personas que tienen una intención de aprender por su propia necesidad, y no aquellas que sólo quieren “aprobar” frente al sistema educativo. (Claro, para que esto funcione realmente habría que aplicarlo desde el kinder, porque si no, siempre llegarán las personas que quieren “cumplir”, por miedo al castigo… pero, tal vez, si somos consecuentes, esta práctica irá, poco a poco, desapareciendo.)

 

– Que la evaluación sea un proceso particular para cada estudiante, según su punto de partida y según sus objetivos de aprendizaje. Un profesor debe ser un cómplice. No habrá más números en el expediente, sino un simple SI, que se refiere a que la persona llevó a cabo un determinado proceso curricular. Lo fundamental será, a fin de cuentas, qué hará la persona con sus experiencias de aprendizaje, y no el juicio de valor de un autoritario profesor en representación de un sistema, también autoritario.

 

– Que del caos que produzca todo esto, sobre todo en el Departamento de Registro, surjan unas personas con un verdadero sentido para su vida y que dejemos de inundar al país con “profesionales” mediocremente funcionales que sólo sirven para alimentar un mercado laboral, reproducir la fuerza de trabajo y consumir como idiotas.