Experimentación, improvisación y composición

Alejandro Cardona

Compositor

Todo creador, de alguna manera, experimenta e improvisa. Es parte del proceso creativo. Algunos artistas hablan de investigación, cosa que no deja de producir muchos malos entendidos, sobre todo en los ambientes académicos. Picasso decía, por otro lado, que él no buscaba, él encontraba.

Pero, al final, los procesos composicionales son procesos de toma de decisiones, incluso cuando se trata de improvisar en vivo (como se hace en el jazz u otras expresiones musicales que incorporan este componente). No se trata de un simple resultado azaroso, se trata de ir edificando un sentido (o varios) para el mismo artista y luego, con suerte, para el perceptor. Y esto requiere de una gran precisión en todos los niveles expresivos: en la consistencia del lenguaje, en el uso de los recursos técnicos e instrumentales, etc. Y esta precisión se requiere independientemente de que sea un proceso de composición “de mesa” que luego se ejecuta (como hacemos muchos compositores al producir nuestras partituras) o algo que se desarrolla “en vivo”, con estímulos del momento.

Después de la segunda guerra mundial surgió un interés agudo, en casi todas las artes “cultas”, por la experimentación (en realidad, una búsqueda obsesiva y bastante enfermiza de una supuesta originalidad) y el uso de la improvisación como vehículo instrumental explícito en los procesos creativos. Desde los happening hasta los planteamientos filosófico-sonoros de John Cage, surgieron una serie de experiencias que, a la postre, se podrían clasificar como colecciones de ocurrencias, algunas bastante divertidas (incluso atractivas por momentos), otras menos.

(Todo esto, dicho sea de paso, está bastante lejos del jazz, que se basa en estructuras sólidas, aunque flexibles, y estrategias improvisatorias que los músicos, individual o colectivamente, construyen en relación a un impulso expresivo claro. No se trata de una ocurrencia, sino de una libertad parcial que tiene códigos y puntos de apoyo, tanto para el ejecutante como para el que escucha.)

Cuando improvisamos y experimentamos muchas veces surgen cosas que no esperábamos, que no hubiéramos podido calcular racionalmente, cosas sopresivas y a veces de gran atractivo. Hasta de los errores surge material interesante. Pero dónde radica el valor o el potencial de este material. ¿En el material mismo? No. Es en el uso que se le da. En cómo forma parte orgánica de un impulso expresivo que encuentra su objetivación en una obra. Para que un material cobre valor, debe ser sometido a un criterio de selección y de relacionamiento con el conjunto de elementos que constituyen la obra. De otra manera sólo nos queda la colección de ocurrencias, que debe ser patrimonio privado del artista, no del público.

Un buen mole poblano, un sabroso arroz con leche o un suculento pollo con curry son verdaderas obras de arte. Pero sin embargo, una combinación gratuita de estas tres cosas en un mismo plato sólo me produciría una indigestión (psicológica y real). Cada platillo de estos es una maravilla, pero el problema no es ese, el problema en la comida y en el arte es qué hacemos con nuestros descubrimientos maravillosos.

Así, es tan ingenuo pensar que la experimentación y la improvisación tienen un valor en sí mismas como prescindir de ellas a la hora de crear. Lo importante es recordar que componer es tomar decisiones, y estas conllevan una responsabilidad, no con el público sino con nosotros mismos como artistas.