Interlocuciones

Alejandro Cardona

Compositor

Cuando uno presenta un trabajo artístico ante el público, ¿qué espera? Es difícil ser totalmente honesto, porque la mera verdad es que casi siempre buscamos, aunque sea secretamente, la aprobación de los demás: es bonito ser queridos, ser reconocidos. Pero más allá de este pecado narcisista, ¿cómo quisiéramos que fuera esa ineludible relación con el público, especializado o no?

En primer lugar (hablo estrictamente a título personal), diré lo que no quiero: no quiero que describa lo que hice, pues eso ya lo sé; ni que me diga que es “muy interesante”, porque eso no significa nada y, en muchos casos, busca evadir la verdad; ni que me espete con alguna receta generalizadora acerca de lo que debe ser el arte, porque yo no hago arte en general, sino una obra con una identidad particular, lleno de detalles que me cuesta mucho trabajo plasmar; ni que me ponga etiquetas según los criterios del medio artístico hegemónico o, peor tantito, del mercado… En fin, lo que no quiero es sentir un vacío de comunicación, ni tampoco indiferencia, que ambos se esconden, frecuentemente, detrás de alguna forma de retórica diplomática o de esos aplausos, que no son de entusiasmo sino de etiqueta.

Lo que me interesa, tanto del público en general como de la crítica especializada, es una verdadera interlocución, no conmigo, sino ojalá con la obra.

Y esa interlocución no requiere necesariamente de un gran conocimiento previo. (A veces ayuda, a veces no.) Se trata más bien de abrirse, de involucrarse, de compartir… Se trata de un acto tan vulnerable y creativo como el que enfrenta el artista al hacer y exponer su obra.

Pero una entrega de ese tipo, aunque sea pasajera, no puede ser una formalidad, un gesto simbólico o un discurso edificado sobre lugares comunes. Se trata de buscar interiormente una resonancia, desplegar esa sensibilidad propia y única, según la realidad de cada quien. Sólo así es posible acercarse a la manera en que el artista se expresa, a su lenguaje y a la dinámica profunda de la obra específica (si es que la tiene). Sólo así es posible edificar un sentido, probablemente no el del artista, sino el del mismo interlocutor, ante la obra. Se trata, ni más ni menos, de ser un cómplice.

Desafortunadamente, encontramos poca interlocución, al menos esa es mi experiencia personal. Nomás algunos amigos, los verdaderos, los que no tienen miedo de involucrarse con la obra aunque esto toque esa área sensible de nuestro secreto deseo de ser queridos. Cuánta pendejada, cuánto discurso gratuito y vacío debemos enfrentar. Qué difícil encontrar algo que nos sirva para construir una visión crítica de nuestro quehacer, y que nos ayude al crecimiento personal. Al fin y al cabo, somos un poco huérfanos.

Pero bueno, otra forma de que nos quieran es producir lástima (una suerte de deporte nacional que se practica con muchísimo más talento que el fútbol). Pero lo cierto es que uno hace lo que hace porque quiere o porque lo siente como una necesidad inevitable. Y también es cierto que nadie tiene la obligación de ser nuestro interlocutor. Y, probablemente sea mejor (al menos para la autoestima) ser “interesante” que “francamente malo”. Así que, ni modo, tal vez debo simplemente dejar de lado esta ilusión y estar pendiente, aunque sea en secreto, de si me quieren o no.