De títulos y mediocridad

Alejandro Cardona

Compositor

Hace poco salieron artículos de Jacques Sagot (La Nación, 18/07/08) y de Víctor Valembois (La Nación, 29/07/08) en donde se dice, sin muchos rodeos, que en Costa Rica, tanto en las universidades públicas como en las privadas, se “regalan títulos”. Que los perfiles de ingreso a las carreras o programas son muy bajos y la exigencia mínima, que la contratación del personal académico se hace por amiguismo, que todo esto es encubierto por todos, y que, por tanto, hay una verdadera “estafa académica”.

Aunque he visto de todo en mi trayectoria universitaria, no me parece correcto hacer generalizciones. Sin embargo, sí hay una cosa que es cierta, y no es algo en donde Costa Rica es particularmente original: los títulos de educación superior han sufrido un proceso de devaluación. Son meros “requisitos” (o “prerrequisitos”) para acceder al mercado laboral (al menos en las instituciones de educación superior), y no necesariamente espacios formativos orientados al desarrollo cualitativo de los participantes.

Esto vale para casi todas las áreas, pero es todavía más patente en las artes. ¿Por qué? Fundamentalmente porque la calidad del ejercicio profesional en ellas no tiene nada que ver con la cantidad de formación escolarizada que se tiene. Y posiblemente tampoco con la calidad de la misma. Muchos de los más importantes artistas de siglo XX nunca tuvieron estudios superiores. Y ningún programa de posgrado, por más prestigio que tenga, puede crear el talento ni las motivaciones e impulsos vitales que debe tener un artista a la hora de emprender profesionalmente su actividad. Y, por otro lado, no es cierto que la mayor exigencia garantice, necesariamente, una mayor capacidad de los egresados. Muchas personas tienen gran habilidad para cumplir con las exigencias de los programas académicos sin ser artistas sobresalientes.

Lo que pasa es que la sobrevivencia económica de muchos artistas, sobre todo a partir de la segunda posguerra, depende de poder ejercer la docencia. En el caso de los compositores, por ejemplo, hay muy pocos en el mundo y casi ninguno en América Latina que puedan evitar esta realidad. Y como la competencia es grande (feroz en el primer mundo) y el talento artístico no es sinónimo de vocación docente o académica, el asunto de la formación escolarizada viene a ser una suerte de “letra de cambio” para las instituciones de educación superior.

En Europa, las escuelas superiores de arte que formaban artistas profesionales, buscan ahora desesperadamente una vinculación con las universidades (o convertirse en una) para poder ofrecer títulos académicos, aunque esto termine distorsionando, por la misma lógica de la academia tradicional, sus programas de trabajo y sus objetivos. De nuevo, el asunto es ser competitivo frente a un mercado laboral cada vez más restringido.

Y esto lo imitamos aquí para equipararnos a los supuestos estándares internacionales, para competir como buenos ciudadanos de un mundo que nos globaliza.

El resultado de todo esto es, efectivamente, la legitimación de la mediocridad. No porque las carreras sean buenas o malas, sino porque en las artes (y me temo que en otras áreas también), el título equipara a todos los que lo tienen, independientemente de su talento o la calidad de su producción intelectual o su trayectoria artística. De ahí la devaluación.

 

Así que tal vez sea hora de volver a lo esencial, a la persona misma, y relativizar el valor desmedido de la legitimación institucional del conocimiento y de la actividad profesional.