Historia del arte ¿mentirota o mentirilla? (segunda parte)

Alejandro Cardona

Compositor

Existe una anécdota famosa en torno a la reacción del compositor Arnold Schöenberg ante los escritos del teórico musical Heinrich Schenker. Este último desarrolló un sistema de análisis musical, que lleva su nombre, basado en “mapear” esquemática y linealmente las grandes estructuras armónicas y su lógica conductiva a lo largo de una pieza musical tonal. Así que, según cuentan las malas lenguas, Schöenberg, luego de examinar el análisis del primer movimiento de la tercera sinfonía de Beethoven, dijo que le parecía muy interesante, pero que por más que buscaba no encontraba sus partes favoritas.

No sé si será cierto este cuento, pero metafóricamente la anécdota ilustra muy bien la marginación de la percepción cualitativa del fenómeno artístico dentro de la historia. Contar con datos organizados jerárquicamente para entender, grosso modo, la evolución de las artes es, sin duda, útil. Sin embargo, deja por fuera, inevitablemente, esas “partes favoritas”.

Ahora, ¿Qué valor real y legítimo pueden tener esas “partes favoritas”? He ahí la broncota, tanto para quienes las atesoran (¿no las atesoramos todos?) como para quienes escriben la historia. Por un lado, una “parte favorita” puede responder a muchas cosas, desde el gusto personal hasta el asumir pasivamente lo que nos han dicho –o hemos leído- acerca de una obra. Pero por otro, el negar la existencia de este rasgo cualitativo (e inevitablemente subjetivo) de la relación entre espectador y obra, ¿no es una mutilación o al menos una parcialización de la verdad?

En la Latinoamérica contemporánea este problema se refleja claramente en la priorización de la documentación histórica del arte por encima del análisis cuidadoso (y amoroso, diría yo) de obras particulares. Al menos el análisis puede llegar a enfrentarnos con algo cualitativamente real, con algo capaz de enriquecernos como perceptores.

Incluso, gran parte de la crítica del arte, que se supone que sí aborda las obras, tiende a asumir este sesgo “documentalista”. Leemos acerca de categorías, etiquetas, aspectos técnicos y descriptivos, sin saber nunca cuál fue el impacto subjetivo de la obra como tal en el crítico. Es más importante clasificar que sentir. Incluso, cuando se explicitan opiniones, a favor o en contra, se buscan argumentos basados en conceptos generales (legitimados por la Historia Oficial) que difícilmente se relacionan con la experiencia concreta del perceptor. Tal vez por eso he leído que una buena crítica debe ser también un texto literario bien picudo (con valor artístico propio), porque sólo así el que escribe puede acercar a sus lectores a una sensación más real o más recreable.

Reconociendo que, sin duda, existe una gran dificultad para lidiar con la subjetividad de lo cualitativo, el problema, en todo caso, es que historiadores y críticos piensen que con la supuesta objetividad de lo cuantitativo nos dicen una verdad, incluso la verdad.

Un ejemplo: Pierre Boulez, Luigi Nono y Bruno Maderna son todos representantes de la llamada Escuela de Darmstadt y comparten ciertos aspectos de técnica composicional. Pero cuando has escuchado las obras, resulta hasta inquietante lo poco que se parecen. Aunque facilite el ordenamiento historiográfico, esta falsa homogenización a partir de categorías sólo parcialmente válidas distorsiona la realidad de la música que escuchamos, que es, a fin de cuentas, lo que vale para cualquiera de nosotros que atesoramos nuestras “partes favoritas”.

Otro ejemplo: Los compositores que tienen mucha obra o mayores posibilidades de difusión y documentación de su trabajo y, por tanto, un cierto prestigio, son históricamente más importantes. ¿Pero tiene esto necesariamente algo que ver con la calidad de su obra?

Otro ejemplo más: ¿Qué pasa con la calidad de los intérpretes? (Éstos no sobreviven en partituras, y las grabaciones o los videos no son lo mismo o no siempre existen.) ¿Ayuda en algo tener muchas listas de nombres o elencos, sin una valoración cualitativa de su valor específico, aunque sea el que le asigna el historiador?

Tal vez sería bonito que la historia pudiera ser como un gran canasto lleno de “partes favoritas” que pudiéramos compartir. De alguna manera así se da entre maestros y alumnos, entre amigos, o en la tradición oral. Pero esa no es la realidad oficial. Pienso que la Historia del arte (con mayusculota), por más que se pretenda lo contrario (y esto me consuela porque ya no siento la necesidad de tomarla tan en serio), es irremediablemente una mentirota o, en el mejor de los casos, una mentirilla.

(¿Continuará?…)