Historia del arte ¿mentirota o mentirilla? (primera parte)

Alejandro Cardona

Compositor

Últimamente me he puesto a pensar en la historia del arte. No la Historia (con mayúscula), sino una historia mucho más pinche: la de mis vivencias artísticas. Como músico, el asunto me resulta complicado.

Aún si tomamos en cuenta las diferentes tendencias (metodológicas, ideológicas, etc.) entre historiadores y los actuales movimientos revisionistas, hay características que la llamada Historia Oficial (la que siempre se escribe con mayúscula) parece conservar:

La escriben los vencedores. ¿Y la historia de los vencidos?: anécdotas de dudosa reputación;

La escriben los que tienen poder. No es necesariamente un poder personal o real, aunque también eso, sino un poder adquirido a través de los vericuetos del prestigio o los privilegios de la representación;

La escriben. Somos una cultura en donde lo que no se puede escribir y, sobre todo, publicar, no existe (o es mentira, la mera versión de fulanito o un chisme). Claro, también lo escrito y publicado podría ser perfectamente mentira o las chismosas versiones de zutanito, o ambas cosas a la vez. Pero resulta difícil denunciar esta posibilidad porque ahí está, en blanco y negro, con sello editorial. Y al menos que puedas también publicar tu propia historia (y además, contar con el prestigio suficiente), caerás inevitablemente en la categoría de los de dudosa reputación.

(Un ejemplo de esto último es el peso desmedido de la prensa escrita o internet. Independientemente de la calidad o la veracidad del texto, cuenta con un prestigio y una legitimidad fuera de cuestión por el simple hecho de tratarse de un texto publicado.)

Así pues, la Historia pareciera no tener mucho que ver con el relato o el análisis de hechos reales o verídicos, sino de aquellos legitimados por los vencedores, por los que tienen el poder (o la representan) y por los que pueden escribir y publicar… Es lo que forma parte de esa realidad ordenada epistemológicamente por los mismos que la crean con lo que escriben.

Pero entonces, ¿a que se reducen mis pinches vivencias artísticas? ¿Cómo se rescata eso que es tan real y tan verídico para mí (o para cualquiera), que no es un texto sino una especie de estremecimiento del ser? (…Bueno sí, lo admito, es un poco cursi…)

Existe, como contraparte, los “testimonios”. También se habla de la “historia no oficial” y de la historia oral. Pero lo fregado es que nuestras vivencias artísticas (aún cuando aparecen en blanco y negro) no se pueden legitimar tan fácilmente. Y esto tiene que ver con el hecho de que la historia del arte (sobre todo la más reciente, precisamente por ser más reciente, sin el peso del tiempo encima y con tantos intereses de personas vivas de por medio) es dominantemente una cuantificación de la realidad. Me imagino que así parece más objetiva, más real, más legítima. Sin embargo, el supuesto valor “científico” (en donde reside, hoy en día, todo rasgo de legitimidad) de un estudio histórico lleno de estadísticas, datos y tendencias genéricas, no significa que sea neutral, que se acerque a la verdad y mucho menos que recoja los aspectos cualitativos que son mucho más reales para mí que el montón de datos, estadísticas y tendencias.

Por ejemplo, leemos que en tal período existieron tales compositores, de tales tendencias, con tales nombres, con tales obras, para tales agrupaciones, etc. Pareciera que para esta historia todos son relativamente iguales, que todo y todos se miden con la misma vara. Y si no, es porque unos son más poderosos que otros: tienen más prestigio o más cuates que escriben libros de historia o lo que sea. Pero ¿dónde está lo cualitativo, el impacto material de lo que se escucha, y eso no tan material que sentimos o dejamos de sentir cuando salimos de una sala de conciertos o cuando termina de girar el disco compacto?

 

(Continuará…)